EXTRACTOS: MÉXICO Y SU PETRÓLEO, UNA LECCIÓN PARA AMÉRICA




Aquí presentamos: "México y su Petróleo. Una Lección para América" de Jesús Silva Herzog. Este documento es de gran importancia histórica y permite una fácil comprensión del proceso que llevó a la nacionalización del petróleo mexicano.


Jesús Silva Herzog (14/11/1892 – 13/3/1985) fue un economista que presidió el comité que condujo a la nacionalización del petróleo en México en el gobierno de Lázaro Cárdenas, en marzo de 1938.

También fue uno de los principales teóricos del desarrollo económico basado en la sustitución de importaciones y un prestigiado catedrático e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México hasta sus últimos años, a pesar de una condición de pérdida de visión progresiva que le llevó a la ceguera aun estando en activo. (Wikipedia)






ADVERTENCIA: Puesto que el documento es un escaneado es posible que pese a que lo hemos revisado se nos hayan pasado algunos errores.

MEXICO Y SU PETROLEO.
UNA LECCION PARA AMERICA


Jesús Silva Hertzog

Universidad De Buenos Aires, 1958


Versión taquigráfica de las conferencias dictadas en la Cátedra América de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, por el profesor de la Universidad de México, doctor Jesús Silva Herzog.

ÍNDICE


Palabras del señor rector de la Universidad de la Universidad de Buenos Aires, doctor Risieri Frondizi
Introducción. La importancia del petróleo en el mundo
                I. - El petróleo en México: la explotación extranjera
                II - La conquista del petróleo por México: la expropiación
III. - La lucha de las compañías contra México
IV. - Veinte años después de la nacionalización: experiencia y resultados
Palabras del Decano de la Facultad de Ciencias Económicas, doctor José Faustino Punturo

 PALABRAS DEL SEÑOR RECTOR DE  LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, DOCTOR RISIERI FRONDIZI


América, nuestra América, adquiere día a día mayor conciencia de sí misma, de su pasado histórico común y también de su destino común. Una revelación de este hecho indiscutible es el interés cada vez más creciente por los problemas que trascienden las fronteras de los distintos países y el deseo de unir esfuerzos en la solución de los problemas comunes.

La Universidad de Buenos Aires en época muy reciente ha convenido con universidades hermanas de Hispanoamérica la constitución de un organismo único que enfrentará problemas que son comunes a esta parte del continente. Tiene el propósito de superar las declaraciones de carácter general y retórico y enfrentar de una vez por todas el estudio de los problemas concretos, inspirados en las grandes directivas americanas y universales.

Una expresión de este interés por los problemas de América se ha concretado en la fundación de la cátedra llamada América, por resolución del SO de agosto de 1957, suscripta por el entonces Decano Interventor, doctor Isidoro Martínez, aquí presente.

En homenaje a la feliz iniciativa y acierto de la fundación de una cátedra permanente, destinada a estudiar los problemas de nuestra América, voy a dar lectura a los considerandos que encabezan la resolución del señor Decano en aquella época.

Dicen así:
                VISTO:

La conveniencia de facilitar que los pueblos americanos, estrechando los vínculos tradicionales que les hermanan, aceleren el proceso de su evolución histórica hacia una complementación económica y social, que haga que la comunidad americana con sus altos ideales de libertad y de igualdad sea un factor decisivo en el desenvolvimiento mundial, especialmente en estos momentos en que factores políticos y económicos determinan el agrupamiento de pueblos y naciones, y que las universidades pueden servir de manera eficaz al logro de estas finalidades mediante el intercambio de profesores; que el conocimiento de las modalidades económicas y sociales de los países americanos entre si, habrá de ser un gran factor para la formación de una conciencia continental como elemento de orientación en el desenvolvimiento de sus pueblos, especialmente con preferente respecto a la peculiaridad del ideario latinoamericano; que la Facultad de Ciencias Económicas puede contribuir a esa vinculación ofreciendo su cátedra a economistas y sociólogos, representantes del pensamiento americano en sus respectivas naciones, contribuyendo a la formación de esa conciencia americana.

En estos momentos en que la Universidad de Buenos Aires se propone superar la tradicional división en Facultades, yo aspiro a que la Cátedra de América, fundada por iniciativa de un Decano de la Facultad de Ciencias Económicas, y que por una circunstancia de orden físico se dicta hoy en la Facultad de Ciencias Médicas, sea en su espíritu la Cátedra de la Universidad de Buenos Aires.

No se podría haber escogido un hombre de mayor significación para iniciar esta Cátedra. Para crear la conciencia americana no es necesario renunciar a la conciencia nacional. Don Jesús Silva Herzog es un mexicano en el pleno sentido de la palabra, pero a fuer de mexicano, tiene la trascendencia continental que todos los aquí presentes le reconocen en su labor de más de cuarenta años. Es un hombre que siente a América como mexicano y que ha puesto su pensamiento y todas sus energías al servicio de los ideales del continente.

Silva Herzog puede definir el tipo del americano ejemplar: una vida entera regida por una conducta insobornable, puesta al servicio del bien social y alimentada por una pasión que ha tenido siempre proyección continental. Desde sus actuaciones juveniles en los años más duros de la Revolución Mexicana, se pone al lado de los que quieren conquistar más felicidad para su pueblo, pugnando por lograr el imperio de una justicia integral en un ámbito de libertad. Fue de los que tras los cuarenta años de lucha en distintos planos no cambió la actitud ideológica ni la postura moral, y al servicio de esa misma Revolución cumplió labores esclarecidas en distintos campos de la vida pública.

Ya veremos cómo, a través de su obra y de la de otros como él, México pudo realizar su segunda etapa de liberación al recuperar sus fuentes de energía, y bueno es saber que esa función pública de Silva Herzog no le impidió cumplir, en todo instante, una valiosa y constante labor intelectual. Fundador de la Escuela de Economía hace más de un cuarto de siglo, trabaja en sus cátedras y seminarios, desde donde enseña que esa ciencia de los bienes materiales debe de estar puesta al servicio de la sociedad y no de los intereses del individuo, así como que el papel del universitario en nuestros países es el de subordinar su actuación a los intereses de la colectividad que lo sostiene. Como miembro del Colegio Nacional de México -alta dignidad que se otorga a un pequeño grupo de las figuras más esclarecidas del país-, difunde su labor de investigador y estudioso de los problemas sociales.

Esta Cátedra América ha elegido al decano de los luchadores por este ideal de integración continental: él ha sido, con muy pocos, de los primeros en comprender esta necesidad vital de nuestros pueblos. Su obra en Cuadernos Americanos -la gran revista que alcanza en estos días el centenar de sus entregas-, en sus libros, en su cátedra, en su participación en el gobierno del Fondo de Cultura Económica, ha tenido siempre como norte preciso el ideal todavía no alcanzado de unir espiritual, intelectual y materialmente a nuestros veinte países tan cercanos y tan aislados.

Esta Cátedra América ha elegido al Decano de. ese propósito y Silva Herzog le da con su presencia en las primeras lecciones, el mejor auspicio para que logre alcanzar la alta finalidad que la inspira.

Jesús Silva Hertzog: 

INTRODUCCIÓN: LA IMPORTANCIA DEL PETRÓLEO 

EN EL MUNDO


Señores Embajadores, señor Rector, señor Decano de la Facultad de Ciencias Económicas,

Señoras y señores:

En primer lugar, deseo hacer presente mi honda gratitud al ex Decano Interventor de la Facultad de Ciencias Económicas, doctor Isidoro Martínez, quien tuvo la idea de invitarme para que inaugurara la Cátedra de América, idea e invitación que más tarde hicieron suyas el señor Rector de la Universidad de Buenos Aires, doctor Frondizi, y el actual Decano de la Facultad de Ciencias Económicas, doctor Punturo.

También quiero dar las gracias más cumplidas por las amables, tan amables palabras aquí pronunciadas por el señor Rector.

Yo -no puedo negarlo- amo a mi familia más que a mí mismo; a mi Patria más que a mi familia, y a la América Latina toda, tanto como a mi Patria.

La Cátedra de América debe ser escuela de democracia y cátedra de libertad; -la Cátedra de América jamás debe mancharse al ser ocupada por defensores de tiranos. Esta Cátedra debe estimular el acercamiento entre todos nuestros pueblos, que si tienen ciertas analogías por la lengua, por la historia y por otras cuestiones de vital significación social, en esta hora dramática que vive el mundo tienen similitud de graves problemas. De ahí la necesidad de apretar nuestras filas, de unirnos en la cultura y en el terreno de la economía lo más que ello sea posible, sin renunciar, por supuesto, a los intereses domésticos a que tenemos pleno derecho.

Después de estas breves palabras introductoras, voy a entrar en materia para desarrollar el tema: La importancia del petróleo desde el punto de vista mundial.

En el año 1859 se descubrió el primer campo petrolero y se perforó el primer pozo, que tenía una capacidad de apenas veinticinco barriles diarios. Esto acaeció en el Estado de Pensylvania, Estados Unidos de Norteamérica. Y el primer petrolero del mundo fue Edwin Drake. ¡Extraña coincidencia! El mismo apellido del famoso pirata Francis Drake, que sembró el terror hace buen número de décadas en los mares de América y de España. De tal manera que, aún hoy, cuando un chico en España no quiere dormirse, su madre o su nana le dicen: "¡Ahí viene el Drake!", y los chicos se duermen en seguida.

Dos años después, en 1861, se perforó el primer pozo brotante, con una capacidad de trescientos barriles diarios, y en 1862 un joven audaz, de nombre John D. Rockefeller, estableció su primera compañía petrolera, que en 1870 había de transformarse en la primera Standard Oil Company del mundo.

John D. Rockefeller dijo que iba a iluminar al mundo con la kerosina. Pensó que el éxito del petróleo iba a consistir en su uso como iluminante. No pudo prever lo que el petróleo sería; no pudo darse cuenta, a pesar de su genio, que el petróleo iba a tener una significación enorme en el desarrollo económico, social y político de nuestro planeta, no como iluminante, sino impulsando a los motores de combustión interna. Eso es frecuente: el que inventa algo en el orden técnico o en el orden social, nunca puede prever la trascendencia de su invención.

A partir del año setenta del siglo pretérito la producción de petróleo aumentó en forma fabulosa. No deseo cansar a ustedes con numerosas cifras, Recordaré que en 1895 la producción de petróleo fue de 112 millones de barriles, y en 1956, de 5.750 millones, lo que demuestra un crecimiento verdaderamente fabuloso. Y es que el petróleo es, podríamos decirlo, el personaje más importante de la Historia en el presente siglo.

El petróleo ha ocasionado más de una vez conflictos internacionales. Recordemos, al pasar, la guerra entre Turquía y Grecia a principios de esta centuria. Detrás de estos países estaban Francia e Inglaterra, que luchaban por la obtención de campos petroleros. y un escritor norteamericano, Scott Nearing, comenta el suceso diciendo que mientras los turcos y los griegos luchaban entre el lodo de las trincheras y morían pensando que lo hacían prestando un servicio a su patria, en el fondo no eran sino pobres autómatas a quienes movían los grandes intereses financieros de dos grandes potencias. y después, la guerra de 1914/1918, que según algunos autores fue la lucha del carbón contra el petróleo. Alemania tenía carbón, pero casi no tenía petróleo en los momentos de iniciarse la contienda; en cambio, los aliados poseían petróleo, y según Lord Curzon, frecuentemente citado, los aliados fueron a la victoria en olas de petróleo y se dice también, tal vez con razón, que en lo de Argelia anda este personaje diabólico. Se dice que hay intereses internacionales, intereses de una gran potencia, que sostienen la lucha por la independencia, para que Francia abandone Argelia y así ellos poder quedarse con los yacimientos petroleros que se han encontrado en el Sahara.

Es que no puede concebirse la vida moderna sin el petróleo; no es posible imaginar una ciudad como Buenos Aires, carente de petróleo. Acudamos a una hipótesis absurda. Pensemos por un instante que mañana los diarios de esta gran metrópoli publican una extraña noticia: "En Irán ha dejado de brotar el petróleo"; y al día siguiente: "En Texas ha dejado de brotar el petróleo". "El petróleo se ha ido por no sé qué veneros ocultos -dirán los investigadores alarmados-, hacia las profundidades del mar." Y pensemos dentro de esta hipótesis absurda -si ustedes quieren, absurda- que dentro de un mes se habrán agotado los pozos de petróleo y empiezan a agotarse los almacenamientos; que dentro de tres meses ya no hay petróleo en Buenos Aires, en México, en París, en Washington, en Nueva York, en Londres y Moscú.

Pensemos por breves momentos qué pasaría en Buenos Aires si en un momento histórico dado ocurriese la catástrofe a que me estoy refiriendo. Tendrían que pararse los automóviles, los aviones; se pararía la vida económica; tendrían que parar los ferrocarriles movidos por diesel; se pararían los barcos; tendría que cambiar la técnica guerrera al no disponer de aviones, mientras no se inventasen nuevos combustibles. ¿Qué haríamos en esta enorme ciudad para ir de un lugar a otro, si eso acaeciese?

Todo esto da idea no sólo de la importancia del petróleo, sino de la enorme significación del desarrollo técnico y económico; de cómo una invención técnica aplicada a la producción tiene tal importancia que condiciona muchos aspectos de la estructura económica y de la vida social. ¿Quién puede negar, por ejemplo, la importancia del automóvil en la vida social? Aún en las modas se siente su influencia. La moda femenina y la masculina han sido en buena medida determinadas por el petróleo, que ha hecho surgir el automóvil y el autobús. Imagínense ustedes un señor de fines del siglo XIX, con levita cruzada, con lo que en México llamamos sorbete o sombrero alto, con un bastón de puño de oro, con guantes de la más fina tela, subiendo a un autobús. O imaginemos a una señora o señorita con aquellos trajes largos que arrastraban, subiéndose también a un autobús. No es posible. Ha sido menester ir olvidando el bastón y el sombrero -hago excepción de mi querido amigo el doctor Palacios.

Todo esto nos lleva a darnos cuenta de cuánta influencia ha tenido en la vida contemporánea el petróleo; el petróleo, del que dijera un poeta mexicano, Ramón López Velarde, en un hermoso poema que se titula La suave patria: "El niño Dios te escrituró un establo, y los veneros de petróleo, el diablo".

Se me ocurre un interrogante: ¿el petróleo desempeñará siempre el papel que tiene en estos momentos? ¿Qué ocurrirá con la energía nuclear, el Uranio 235? Y si los sabios ingleses realizan la hazaña de utilizar para fines de paz el hidrógeno, ¿cuál será la situación del petróleo? Desde luego, si la desintegración del núcleo de uranio se utiliza para fines de paz, aumentará en proporciones considerables la energía de que dispone el hombre. Pero si también lo logra con la fusión, con el choque de los átomos de hidrógeno, cosa que como es sabido sólo puede lograrse a muy altas temperaturas, entonces se multiplicará por millones la energía de que dispondrá la especie humana y eso cambiará radicalmente las condiciones económicas, sociales y políticas de todos los pueblos de la tierra.
¿Y- el petróleo? El petróleo seguirá siendo útil, pero probablemente ya no desempeñará el primer papel.
No es posible levantar el espeso velo que oculta el futuro, pero puede predecirse que el carbón tendrá que batirse en retirada. No olvidemos que dos millones quinientas mil toneladas de carbón bituminoso equivalen a una libra de uranio consumida totalmente en el reactor. Estamos en el dintel de una nueva sociedad, sin darnos cabal cuenta de ello; sociedad a la que entraremos cuando estas nuevas fuentes de energía se pongan a la disposición del hombre.

Pero no exageremos. El petróleo, lo saben bien los químicos, podrá ser utilizado para la producción de numerosas mercancías útiles al hombre. Además, es posible que el uranio y el hidrógeno -dije es posible, no aseguro nada- no puedan emplearse en pequeños motores. El reactor nuclear exige que éstos sean de dimensiones relativamente grandes; en cuanto al hidrógeno, repitámoslo, su problema consiste en que sólo puede producirse por el choque de los átomos, la fusión, a muy altas temperaturas; y hay que encontrar materiales que las resistan.

Mas, sea de ello lo que fuere, el petróleo es por ahora uno de los grandes monarcas en la vida en nuestros días, y las grandes empresas petroleras tienen un poder inmenso. Ya lo sabemos; es historia reciente. Mossadegh quiso independizar la explotación del petróleo en 1951. Fracasó. Dos años y meses después de intentar la nacionalización, un golpe militar lo derribó del poder. Y vinieron nuevas negociaciones, se formó un consorcio en el que figuraban las siete compañías de petróleo más poderosas del mundo, compañías que tienen un capital de aproximadamente unos dieciocho mil millones de dólares. Multipliquemos dieciocho mil millones de dólares por cuarenta, y el total que resulta en moneda argentina, es de doce cifras. El arreglo, en Irán, según el autor de un libro reciente, consistió en afirmar que el petróleo era de Persia, pero iban a explotarlo las compañías durante un largo período. El autor a que me refiero dice que eso es lo mismo que ocurriría con alguien que diera el derecho de usar un automóvil mientras sea útil, aunque quien lo diera continuara diciendo: "el automóvil es mío".

Es difícil la lucha contra esas enormes entidades de acuerdo con las cifras que tengo en este instante en la memoria, en 1954 la Standard de N. J. ganó 585 millones de dólares y la Royal Dutch Shell 377 millones.
Las reservas de - petróleo en el mundo, en este instante, pueden estimarse en doscientos mil millones de barriles, y el Medio Oriente tiene más del cincuenta por ciento de esas 'reservas. De manera que esas compañías inmensamente poderosas -las dos más poderosas son la Standard Oil Company de New Jersey y la Royal Dutch Shell- son entidades económicas y financieras que probablemente ocupan uno de los primeros lugares en el mundo contemporáneo. Son entidades peligrosas por su enorme poder.

Y uno se pregunta: ¿qué es lo que quieren estas enormes empresas de petróleo? Lo que las empresas petroleras persiguen, como es natural dentro de la estructura económica occidental, es obtener ganancias, las mayores ganancias. Su meta es ésta: ganar mucho, para distribuirlo entre los accionistas.

¿Y cuál es el ideal de un pueblo que quiere defender sobre todas las cosas su soberanía y la dignidad de sus ciudadanos? Elevar el nivel de vida del pueblo, mejorar las condiciones materiales de existencia, para en esa forma poder mejorar las condiciones culturales, ya que no se puede pensar en intensificar la obra educativa en pueblos hambrientos. Los estómagos vacíos son enemigos del alfabeto, y antes que hacer política, literatura y arte, como dijera un gran escritor del siglo pasado, el hombre necesita comer, vestirse y alojarse.

De manera que, como vimos, las compañías tienen una meta: ganar dinero y pronto; en tanto que el pueblo defiende un ideal: lograr la superación del hombre por el hombre. ¿Pueden armonizarse aquella meta con este ideal? Hay quienes piensan que sí, que es factible y que ése es el camino. En cambio hay otros que dicen que esa armonía es como la que resultó cuando los conquistadores españoles llegaron al puerto de Veracruz y les dieron cuentas de vidrio, espejitos y otras chucherías a los aborígenes, a cambio de tejuelos de oro. Yo afirmo que entre aquella meta y este ideal hay una antinomia irreductible.

I   EL PETRÓLEO EN MÉXICO: LA EXPLOTACIÓN EXTRANJERA


Al ocuparme aquí de lo que podríamos llamar el drama o la epopeya del petróleo en México, deseo dejar aclarado que lo que trato de hacer es referir con veracidad absoluta lo que ha acontecido en mi país, sin pretender que lo que nosotros hayamos hecho se materialice en otras partes.

Tengo una noción clara de que las diferentes condiciones históricas y geográficas originan soluciones distintas en problemas análogos, y deseo repetir lo que dije en la primera charla al citar a López Velarde, el gran poeta mexicano, en aquellos dos versos dedicados a mi patria: "El niño Dios te escrituró un establo, y los veneros de petróleo, el diablo".

Los indígenas mexicanos sabían bien, antes de la conquista, de la existencia del petróleo, porque éste fluía a la superficie, y lo llamaban "chapopote" o "chapa pote"; lo utilizaban como incienso en las ceremonias religiosas, como colorante o para fines medicinales.

En la época colonial los españoles utilizaban frecuentemente el "chapopote" para calafatear navíos, y a fines de la época colonial ya hubo una ley en la que se expresaba que los hidrocarburos -en la ley se les llamaba bitúmenes o jugos de la tierra- pertenecían a la Corona. Es decir, se establecía una diferencia precisa entre la propiedad del suelo y la del subsuelo.

Sabemos bien que, por ejemplo, en Atenas -según se desprende de la lectura del breve libro de Jenofonte titulado De la manera de aumentar las riquezas y los ingresos en la ciudad de Atenas- las minas de plata pertenecían al Estado, quien las daba en arriendo a los particulares. Jenofonte, en su pequeño libro, propone que sea el Estado el que explote las minas de plata para allegarse mayores recursos.

Sabemos también perfectamente que en la Roma precapitalista, no obstante su "jus utendi", "jus abutendi" y "jus fruendi", una vez el Emperador Graciano y en otra oportunidad el Emperador Adriano, consideraron que pertenecían al Imperio las minas de oro y plata.

La situación permanece un tanto indecisa durante la Edad Media y ya en la Época Moderna se recuerda un célebre litigio en Inglaterra, en el cual la Reina Isabel pleitea con un famoso Lord que había descubierto una mina de oro, reclamando la Reina que esa mina de oro -riqueza subterránea- pertenecía a la Corona inglesa.

Desde luego, dentro de la legislación española, el asunto es bien claro, si tenemos presente que la Corona exigía la quinta parte de los metales preciosos -el quinto del Rey- reconocimiento de que las riquezas del subsuelo pertenecían a la Corona.

Pero en el artículo 552 del Código Civil francés, del famoso Código Napoleónico, en una forma expresa se asimilaba la propiedad del suelo a la del subsuelo: la propiedad subterránea se asimilaba a la propiedad superficial, de manera que, dentro del criterio de los juristas que, con Napoleón, redactaron el célebre Código, el propietario del suelo -como dijera un mexicano famoso, el doctor José María Luis Mora- era dueño "desde el cielo hasta el infierno".

Bien pronto hubo algunas correcciones al Código Civil, del que Napoleón decía que se olvidarían sus cuarenta victorias, pero que ese su Código, permanecería eternamente.

El Código Civil francés ha ejercido una enorme influencia en el pensamiento jurídico de numerosas naciones, pero ya no puede decirse que permanezca intocado después de los lustros transcurridos; y es que nada en el mundo en que vivimos puede ser perenne, porque una de las características esenciales de este granito de lodo lanzado hacia el espacio -no sabemos cuántos milenios ha- es que todo está sujeto a un cambio constante.

Pero volvamos a nuestro tema: en México permanece separada la propiedad del suelo de la subterránea, siguiendo la tradición española, durante la época independiente. Pero en el Código de Minería de 1884 se copia el criterio del Código Civil francés y se asimila la propiedad del suelo a la del subsuelo. Los redactores de1 Código de Minería de 1884 no tuvieron idea de los problemas que ello iba a implicar para la nación mexicana.

En 1901 se expide la primera ley del petróleo, con el criterio del Código de Minería del 84, es decir, con el criterio de la asimilación de la propiedad del suelo a la del subsuelo. Por otra parte y dejando pendiente esta cuestión legal, debemos informar que desde el año 1869 se hicieron exploraciones para obtener petróleo. En algunos casos con un éxito relativo, que se tradujo en fracaso por la baja del petróleo en el momento mismo en que empezó a brotar en el Estado de Tabasco. Más tarde varias compañías inglesas se organizaron en el país, pero fracasaron estruendosamente.

Los geólogos de todo el mundo, entre ellos los mexicanos, afirmaron que México no tenía petróleo a pesar de las chapapoteras. Sólo un geólogo mexicano, el ingeniero Ezequiel Ordóñez, muerto hace ya algo más de un lustro, afirmó que en México había petróleo.

Aparecieron en el país dos hombres emprendedores y audaces. Un inglés: Pearson y un norteamericano: Doheny. Este último había invertido ciertas sumas importantes en busca de petróleo, sin éxito alguno; el ingeniero Ordóñez le dijo que si perforaba en un lugar determinado hallaría petróleo; Doheny, que había gastado todo su capital y no le quedaba sino una casa que valía veinte mil dólares, ubicada en Los Angeles, California, creyó en Ordóñez; vendió su casa y con los veinte mil dólares perforó donde éste le había dicho: se descubrió así el campo probablemente más maravilloso de petróleo en la historia petrolera del mundo; se descubrió la Faja de Oro donde hubo pozos con producciones de 50.000 barriles diarios y aún más. Algo positivamente fabuloso.

En el año de 1901 se da comienzo a la producción de petróleo en el país; en este año se produjeron 10.000 barriles apenas; en 1911, 12.500.000 barriles; en 1921 llegó al máximo la producción de petróleo en mi país: se produjeron entonces 193.000.000 de barriles.

Desde ese momento comenzó a descender la producción, de tal manera que en 1932 sólo fue de 32.000.000 de barriles. Compárense las cifras mencionadas registradas en el lapso de aproximadamente un decenio. Quiero insistir en su mención: en 1921, 193 millones de barriles, y en 1932, 32 millones.

¿A qué se debió ese descenso? Las compañías se alarmaron ante las posibilidades legislativas de México con apoyo en la nueva Constitución, y comenzaron a buscar otros campos para explotar, en forma particularísima en Venezuela. Ahora bien, desde 1901 hasta 1937 se produjeron 1.866.000.0000 de barriles de petróleo, con un valor aproximado de 3.726 millones de pesos mexicanos, a razón de 3,60 por cada dólar. Esta enorme riqueza, que no produjo ninguna obra de beneficio social en el país, trajo como resultado una tremenda lucha basada en la ambición y la codicia.

Desde 19I4 hasta 1922 o 1925, hubo un hervidero, una fiebre de lucro tremenda; luchaban las compañías unas contra otras; las inglesas contra las norteamericanas, las norteamericanas contra las norteamericanas, y a veces luchaban entre sí las subsidiarias de una misma gran matriz establecida en Londres o en New York.

La historia de esos años está llena de chicanas, de incendios y de asesinatos. De incendios de juzgados pueblerinos, para hacer desaparecer las escrituras de los terrenos petrolíferos; de asesinatos de aquellos propietarios que se negaban a vender sus terrenos a las grandes empresas petroleras. Fue una lucha tremenda; fueron años en que la inmoralidad llegó a extremos inauditos. Se refiere un caso verdaderamente dramático. Había un pueblecillo en una hondonada del Estado de Veracruz. Una compañía petrolera -esto ocurre en el año 1915- quiere adquirir los terrenos del pueblecillo, que está sobre un yacimiento, sobre un manto petrolero. Los habitantes del pueblo aman su tierra: allí crecieron, allí están enterrados sus mayores en el cementerio cercano. Aman su tierra que les da el alimento, que les da la vida. Se niegan rotundamente a vender a la poderosa entidad económica sus terrenos. Uno de ellos, pequeño comerciante, se dirige en su caballo una mañana temprano a la ciudad no muy distante, acompañado por su mujer; hace sus compras y llega de regreso cuando el sol está ya declinando. Para llegar al pueblecillo había que subir una pequeña loma; llega a la parte más alta de la loma desde donde siempre solía contemplar el caserío. Se limpia los ojos. No hay una sola casa. No se da cuenta de lo que ha ocurrido. Le parece en el primer instante que se ha extraviado, que no es ése el camino correcto, pero se da cuenta de que es el mismo camino que tantas veces recorrió. Ya no estaba el pueblo. En unas horas se habían destruido las casas. Los vecinos habían sido obligados por la fuerza, con la complicidad de las autoridades, a declararse anuentes a vender esos terrenos a la compañía petrolera. Y no hubo otra solución.

No sólo eso: las Compañías establecieron lo que se llamaba en mi país las "guardias blancas"; era una policía especial al servicio de las Compañías que ejercían un dominio permanente, una especie de soberanía dentro de los campos petroleros. Las "guardias blancas" más insolentes eran las de la Huasteca Petroleum Company, que más tarde fue subsidiaria de la Standard oil Company de New Jersey.

Hay algo más aún: en el mes de noviembre de 1914, cuando ya la Revolución Mexicana en su período más álgido había triunfado, se inició en mi país un período doloroso de anarquía; se levantó en armas un general improvisado, de nombre Manuel Peláez: desde noviembre de 1914 hasta mayo de 1920 luchó con un ejército al servicio de las empresas petroleras, pagado por las empresas petroleras y haciendo todos los esfuerzos posibles para substraer del dominio del Gobierno legítimo de México la rica zona del petróleo. Esto ya lo he escrito: es un cargo que nunca podrán negar las empresas de petróleo.

¿Es que acaso se explotaron los campos petroleros con gran eficiencia, con una alta técnica moderna? No. Dejaron escapar el gas. Su pérdida se estima en 150 millones de dólares. No dominaban la técnica, no sabían bien lo que hacían, de tal suerte que provocaron el incendio del pozo "Dos bocas"; se cuenta que las llamas subían a trescientos metros de altura. Era un hermoso espectáculo, pero ello significó una pérdida considerable para el país.

La situación entre las Compañías y el Gobierno de México se agravó en 1917, cuando fue aprobada la nueva Constitución mexicana. En el artículo 27 de la Carta Magna de la República Mexicana se declara que la Nación ha establecido, por razones de conveniencia social, la propiedad privada, pero que ésta pertenece originariamente a la Nación, la que tiene el derecho de imponer a la propiedad privada las modalidades que exige el interés público. Es, como se sabe bien, la tesis de la propiedad no como un derecho natural, sino como un derecho social.

Hay algo más que debe advertirse: el artículo 27 constitucional declara que la riqueza del subsuelo -y menciona los hidrocarburos de una manera expresa- es una riqueza que pertenece a la Nación; que esa riqueza es inalienable e imprescriptible.

Las empresas petroleras estaban operando bajo un régimen de concesiones. A Pearson and Sons, el caballero inglés que mencioné antes, se le dio en el año 1906 la concesión para explotar terrenos petrolíferos nacionales. Si Pearson and Sons explotaba terrenos nacionales -tal era la letra del convenio- tenía como recompensa el hecho de que no se le cobrarían impuestos de importación ni de exportación, con excepción del impuesto del timbre, que se pagaba: con una estampilla o con estampillas. El Gobierno aparecía como socio de Pearson y éste le daría al Gobierno de México el diez por ciento de las utilidades.

Deseo que se aprecie claramente el contrato: Pearson and Sons explota campos petrolíferos nacionales; de las utilidades que obtenga dará el diez por ciento al Gobierno de México; a cambio de esto no pagará impuestos de importación ni de exportación, sólo hará efectivo el impuesto del timbre, impuesto anticuado que existía entonces y que se abonaba colocando unas estampillas sobre los documentos.

¿Qué sucedió? Pearson logró cohechar a un personaje al discutirse el proyecto de Convenio en la Cámara de Diputados, haciendo una adición al contrato donde se establecía que en el caso de que Pearson explotara terrenos no nacionales desaparecía su obligación de dar el diez por ciento al Gobierno, pero no desaparecía su privilegio de no pagar impuestos. Y así quedó el convenio. Y Pearson and Sons, primero y después la compañía "El Águila", subsidiaria de la Royal Dutch Shell, no exploraron ni explotaron terrenos nacionales, sino que explotaron, perforaron y obtuvieron petróleo en terrenos de propiedad privada. En consecuencia, no se sintieron obligados a dar el 10% de las utilidades al Gobierno Federal, y por otro lado se sintieron con derecho a no pagar impuestos, de tal suerte que cuando en abril de 1917 se estableció un impuesto sobre la producción, "El Águila" depositó en la Tesorería del Gobierno Nacional una suma semejante al impuesto con una nota que decía: "Bajo protesto, en garantía de depósitos a cuenta de impuestos futuros". Así estuvo pagando sumas inferiores a las que debía pagar hasta el año 1935 en que se canceló su concesión y se la obligó a no insertar en sus depósitos la nota citada.

La Huasteca Petroleum Company hizo su contrato con el Gobierno de México en 1908. ("El Águila" y la Huasteca Petroleum Company eran las dos compañías más importantes en México: la primera más tarde fue la Compañía Mexicana de Petróleo "El Águila" y la segunda, como apunté con anterioridad, fue vendida a la Standard de New Jersey). La Huasteca Petroleum Company se comprometió a hacer un gasoducto desde sus terrenos petroleros hasta la ciudad de México. Tal gasoducto jamás se construyó.

La Constitución de 1917 provocó una gran alarma entre las compañías petroleras. Las disposiciones del artículo 27 de la Constitución del 17 llevaron a las empresas a tratar de que el Departamento de Estado Norteamericano influyera de manera muy enérgica ante el Gobierno mexicano. Hay algo más; el señor Joseph Daniels, que fue Embajador en México en la época de la expropiación del petróleo y que era Ministro de la Guerra en el Gobierno de Wilson, en un libro que se titula en español Diplomático en mangas de camisa, dice que las compañías petroleras pidieron a Wilson que enviara al ejército norteamericano a ocupar los campos de petróleo. y Daniels debía haberlo sabido muy bien, puesto que él era quien se hallaba a cargo del Ministerio antes citado; él era el Jefe del Ejército, después del Presidente de la República, en aquellos años.

La lucha continúa; las empresas están desconformes. Unos años antes se había establecido durante el gobierno del señor Madero, en el año 11, un impuesto de veinte centavos de dólar por tonelada de petróleo que se produjera. El impuesto fue combatido: se lo consideró confiscatorio. y la palabra confiscación se usa a cada momento. Hay una polémica jurídica: se dice por un lado que la Constitución del 17, al declarar propiedad de la Nación las riquezas del subsuelo, configura un acto retroactivo. México sostiene que no; los norteamericanos que sí, y la polémica continúa. Las cosas permanecen más o menos tranquilas porque no se reglamenta el artículo 27 en los párrafos correspondientes.

Pero en el año 25 se envía a las Cámaras un Proyecto de Ley del Petróleo: ello es delito tremendo. La Cancillería norteamericana se lanza contra México; los insultos menudean; nos llaman ladrones; nos declaran fuera de la civilización.

Pero eso no es todo. Lo que voy a referir a continuación es un hecho histórico, que lo dio a conocer públicamente un ex Presidente de México, el licenciado Emilio Portes Gil, Presidente de México desde el 10 de diciembre de 1928 al 5 de febrero de 1930: fue un Presidente provisional. El licenciado Portes Gil refirió lo siguiente: Al hacerse cargo de la Presidencia de la República, su antecesor, el general Plutarco Elías Calles, puso en su conocimiento que, un año antes, merced a una infidelidad de un empleado de la Embajada de los Estados Unidos de Norteamérica en México -parece que era empleada- el Gobierno de mi país obtuvo una serie de documentos que comprobaban la existencia de un complot hilvanado nada menos que por el Secretario de Estado Norteamericano, señor Kellog, y el Embajador de los Estados Unidos en México, el señor Sheffield, complot que tenía por objeto -debido a las gestiones realizadas por las empresas petroleras- declararle la guerra a México.

El señor Calles hizo sacar copias fotostáticas de los documentos -dichos documentos prueban lo aseverado en una forma plena e irrefutable-, las envió a todas las misiones diplomáticas de México en el extranjero. Luego, ya bien seguro de que tal documentación había sido recibida, envió a una persona especialmente a hablar con el Presidente Coolidge y decirle: -"Éstos son los documentos que tenemos; corresponden a un complot de las compañías petroleras para provocar una guerra entre las dos naciones; al pisar suelo mexicano el primer soldado de Norteamérica, se publicarán esos documentos en todos los países del mundo, o en casi todos ellos." Coolidge detuvo la infamia, y México se salvó de una guerra injusta.

Continuaron las peripecias con las compañías petroleras. Los Estados Unidos de Norteamérica retiraron a Sheffield y nombraron a Monroe como Embajador en México: un hombre muy hábil, dúctil, inteligente que suavizó las relaciones, que habían llegado a un grado sumamente peligroso. Es que México está muy cerca de los Estados Unidos.
Por el año 1933-1934 se fundó una empresa petrolera mexicana. La Petro-Mex, empresa gubernamental. No le pareció bien a las compañías petroleras, las que hicieron escuchar sus protestas. Claro está que no se les hizo caso y así continuamos en lucha constante. Las compañías discutiendo centavo a centavo los impuestos y los salarios de los trabajadores.

En 1938, poco tiempo después de la expropiación hubo un intento de rebelión que según el mismo Embajador Joseph Daniels fue provocado por las empresas petroleras. El intento de rebelión fracasó. Lo inició el general Saturnino Cedillo. No llegó la sangre al río. Y, cosa curiosa: a partir de 1938, cuando abandonaron México estas entidades económicas "civilizadoras", el país ha vivido completamente en paz y estamos desarrollándonos dentro de nuestras modestas posibilidades.

II  LA CONQUISTA DEL PETRóLEO POR MÉXICO: LA EXPROPIACIóN


En el año 1935 operaban en México aproximadamente veinte empresas que explotaban el petróleo. Cada empresa tenía un sindicato, o mejor dicho, había un sindicato de trabajadores en cada empresa, de suerte que existían tantos contratos de trabajo como sindicatos y tantos sindicatos como empresas.

Unas compañías habían otorgado salarios más altos que otras, vacaciones por mayor número de días, servicios hospitalarios en mejores condiciones; mientras en una, supongamos, el salario mínimo era de dos dólares diarios, en otras era de tres y en algunas de cuatro.

En 1936, después de vencer numerosos obstáculos opuestos por las compañías, se organizó el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana. Un sindicato que abarcaba toda la industria del petróleo.

De conformidad con la ley mexicana, al establecerse este sindicato industrial único para todos los trabajadores del petróleo, había que discutir para llegar a la firma consiguiente de un contrato colectivo de trabajo. Los trabajadores presentaron su proyecto, que fue estudiado por representantes de las dos partes en el curso del año 1936; las partes no se pusieron de acuerdo y en el mes de noviembre del año citado, se rompieron las negociaciones.

El Gobierno de México intervino como amigable componedor y sugirió, cosa que se hizo, la celebración de una asamblea obrero-patronal para ver si se ponían de acuerdo los patrones y los obreros. Se reanudaron las conversaciones y el Gobierno hizo todo lo posible para que se acercaran trabajadores y empresarios, pero todo resultó inútil. En el mes de abril de 1937 se rompen nuevamente las negociaciones y los trabajadores del petróleo emplazan a una huelga a todas las empresas.

Efectivamente, a fines del mes de mayo se declara una huelga general en toda la industria del petróleo, lo mismo en campos que en refinerías y estaciones de servicio. Dos o tres días después de declarada la huelga empieza a advertirse en la ciudad de México, aún por el más lerdo, que algo extraordinario está ocurriendo: el tráfico disminuye y comienza a reducirse el tránsito de los automóviles que circulan por las anchurosas avenidas de la capital de la República.

Pasan otros tres días: las calles se ven solitarias o casi solitarias. La gasolina se ha terminado. Hay una amenaza de que los ferrocarriles movidos por locomotoras diesel ya no podrán seguir corriendo por las cintas de acero. La situación se presenta grave. El Gobierno comprende que no es posible que continúe la huelga, porque está paralizando a la Nación. Se llama a los trabajadores y se les pide que reanuden el trabajo y que ayuden a buscar una solución. La solución que el Gobierno Federal propuso fue el Tribunal económico.

Antes de proseguir debo explicar qué significa un "conflicto de orden económico" de acuerdo con la ley del trabajo en México. Si la empresa afirma, por ejemplo, que ante la situación existente necesita disminuir el número de trabajadores al cincuenta por ciento, y los trabajadores sostienen que no hay razón para tomar tal medida, entonces la empresa o los trabajadores presentan ante la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje el "conflicto de orden económico".

En este caso los trabajadores sostenían que las empresas petroleras podían aumentar salarios y prestaciones sociales, de conformidad con su proyecto de cont1ato colectivo, en tanto que las empresas aseguraban que no tenían capacidad de pago para acceder a las demandas de los trabajadores. Ante la situación planteada, estimo que se aprecia claramente el establecimiento del "conflicto de orden económico".

¿Qué hace la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje -así se llama el Tribunal del Trabajo cuando se presenta una demanda de este carácter- designa a tres peritos para que ellos, en un plazo de treinta días, hagan un informe respecto a las condiciones financieras de la empresa y un dictamen en el cual den su parecer sobre la manera de resolver el conflicto.

En el caso que estoy narrando, la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje designó tres peritos: el señor Efraín Buenrostro, Subsecretario de Hacienda y Crédito Público; el ingeniero Mariano Moctezuma, Subsecretario de Economía, y quien les dirige la palabra en este momento, que desempeñaba las funciones de Consejero del señor Ministro de Hacienda.

Los peritos aceptamos, desde luego, la difícil tarea. La Comisión me designó para ocupar el cargo de Secretario de la misma, que se llamó "Comisión pericial en el conflicto de orden económico de la industria petrolera", y ustedes saben bien que el Secretario, en comisiones de esta índole, es quien debe realizar principalmente el trabajo. Yo me di cuenta de la magnitud del problema. El legislador que aprobó la Ley del Trabajo había pensado, seguramente, que el "conflicto de orden económico" se plantearía siempre en una empresa, y por eso fijó treinta días como plazo de entrega del informe; pero no pensó en toda una industria como la del petróleo. Pero, ¿qué íbamos a hacer?.

Lo único que hice fue darme por notificado diez días después del momento en que inicié el trabajo, para ganar siquiera ese tiempo. Era menester presentar en cuarenta días un informe de toda la industria petrolera nacional y un dictamen acerca de cómo resolver el conflicto planteado.

Organicé en muy pocas Horas una oficina con economistas, contadores -principalmente- e ingenieros petroleros, así como el personal administrativo necesario. Dicha oficina, que organicé en el término de cuarenta y ocho horas, constaba de alrededor de cien personas. Aquélla era una tarea de una trascendencia enorme; era un problema nacional. Había que meter el hombro -como se dice en la jerga familiar, en mi país-; y empezamos la tarea.
Probablemente fue el primer gran trabajo realizado en equipo bien numeroso entre ingenieros, economistas y contadores.

Me ocupé de dividir las tareas a cumplir: los contadores se dedicaron al análisis financiero de las empresas; los ingenieros petroleros hicieron un magnífico estudio histórico; los economistas consideraron los distintos aspectos relativos a la importación, exportación, a la producción, en este último asunto auxiliados por los técnicos en petróleo. Yo me ocupé de dirigir el trabajo. Había que coordinar, establecer un criterio uniforme; sobre todo era necesario crear un espíritu basado en un hondo interés desinteresado por servir con amor al país.

El trabajo avanzó de prisa. Revisaba yo siempre, todos los días, lo que se iba haciendo. Trabajábamos desde las ocho de la mañana a la una de la mañana; durante cuarenta días casi no dormimos. Empecé -cuando el informe estaba ya prácticamente concluido, pues ya había sido leído por el suscripto y los miembros de la Comisión pericial- a redactar el dictamen respecto a la forma de resolver el conflicto. El informe se redactó en 2.500 páginas escritas a máquina, a renglón abierto; el dictamen, en alrededor de 100 páginas a renglón abierto.

Yo estaba en contacto con los trabajadores y con los patrones. Cierta tarde -esto, claro, tiene sus aspectos autobiográficos- se me presenta el Presidente del Sindicato patronal. Me expresa que los empresarios estaban dispuestos a aumentar prestaciones en catorce millones de pesos: y se me hace una insinuación desagradable, de algunos millones de pesos. Le di una palmada a aquel caballero de apellido Long y le dije: "Señor: dicen que todos los hombres tienen su precio, pero ustedes; la Royal Dutch Shell y la Standard Oil Company de New Jersey no me llegan, soy demasiado caro." No tiene nada de extraordinario el hecho: hubiera sido una traición a la patria. Uno no tiene entrañas de traidor.

Unos tres o cuatro días antes del tres de agosto de 1937, en que los peritos debíamos presentamos ante la Junta Federal con el informe y el dictamen, con el objeto de ponerlos a la vista de las partes para que presentaran objeciones, me visitaron en mi oficina los representantes de las empresas y en tono un poco burlón me dijeron: -"Qué, ¿el próximo miércoles van a presentar el informe y el dictamen? Entonces yo les señalé una silla en la que se hallaba, encuadernado en tres volúmenes, el informe, y les dije: "Ahí está el informe, el dictamen lo estoy redactando," La sonrisa se trocó en mueca y se marcharon.

Se presentaron en la fecha señalada el informe y el dictamen. La Ley del Trabajo da 72 horas para que las partes formulen objeciones en estos casos. Yo confieso que me reía un poco malévolamente al pensar que en 72 horas ni siquiera podrían leer las 2.500 páginas. La Junta Federal, muy generosa, les dio todo el tiempo que quisieran, a los trabajadores y a las empresas.

Bueno: pero, ¿qué decía el informe? ¿Y el dictamen? Lo importante es mencionar algunos aspectos del dictamen. Éste tenía cuarenta conclusiones, que eran de hecho cuarenta objeciones; eran cargos a las empresas; era una requisitoria. Voy a mencionar algunas:

1) Las empresas petroleras que operan en México son subsidiarias de grandes entidades petroleras con matriz en el extranjero.

2) Las empresas han venido ocultando utilidades para reducir el pago de impuestos, merced a hábiles maniobras contables "';"y que me perdonen mis amigos contadores de Argentina-, pues recién me di Cuenta que el contador se parece al prestidigitador: presentan al público un sombrero, colocan un conejo dentro, lo dan vuelta, vuelven a presentar el sombrero y el conejo ha desaparecido. Pero como habíamos realizado una investigación muy cuidadosa por contadores muy capaces de nuestro lado, se hallaron una serie de procedimientos de ocultación. Sabían muy bien por dónde había que ir. . .

3) Esto fue lo más importante: las empresas petroleras pueden aumentar salarios y prestaciones en 26 millones de pesos. Vean ustedes. Según los cálculos que hicimos los peritos, lo que pedían los trabajadores significaba un aumento de 90 millones de pesos; las empresas ofrecían 14 millones. Los peritos concluimos que podían las empresas, sin mengua de su situación financiera, elevar salarios y prestaciones en 26 millones de pesos. Nos colocamos en una situación bastante moderada.

4) Importante: las empresas habían ganado en promedio, en los últimos tres años, 56 millones de dólares.

5) Las empresas no habían realizado nunca, después de 36 años, ninguna obra de beneficio social. Las casas de los ingleses y norteamericanos eran hermosos chalets, con todas las ventajas de la civilización; las casas de los trabajadores: pocilgas, verdaderas pocilgas donde el mosquito trasmisor del paludismo encontraba atmósfera propicia. Por el puerto de Tampico salieron ríos de petróleo y en 1938 no tenía la ciudad de Tampico agua potable, sino sólo en parte.

¿Qué pasó después del dictamen y después del informe? Los trabajadores presentaron débiles y brevísimas objeciones: en realidad nada más que por decir algo. Las empresas se llenaron de indignación. Iniciaron una campaña en todos los diarios de México y de otros países en contra de los peritos: los peritos nos habíamos equivocado; los peritos decíamos inexactitudes; habíamos hecho un trabajo de gabinete, etc.; y todos los días, contra los peritos.

El general Cárdenas, Presidente de la República, se impresionó con toda la propaganda de las Compañías y el dos de septiembre de 1937 citó a los representantes de las Compañías y a los peritos a su despacho del Palacio Nacional.

La cita fue a las 12 del día. Llegamos los peritos. Yo llegué con un portafolio bien nutrido de documentos, por lo que pudiera ofrecerse. Estaban allí los representantes de la subsidiaria de la Standard Oil de New Jersey, los representantes de "Sinclair", los representantes de la compañía más fuerte de México, la compañía inglesa, la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila que representaba el 60 % en la producción total del petróleo en México. Allí estaba su gerente general, un caballero inglés irreprochablemente vestido.

El general Cárdenas le dio la palabra al señor gerente de "El Águila", quien comenzó diciendo que los peritos habíamos hecho un informe inexacto al decir que la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila no era una compañía mexicana, sino que era una compañía extranjera. Que eso no era verdad; que la compañía "El Águila" era mexicana; que los peritos habíamos dicho una mentira al asegurar que se habían ocultado utilidades. Después de la exposición del señor gerente, nos dio la palabra el Presidente a los peritos y entonces yo saqué de mi portafolio una revista financiera inglesa, en la cual -traduciéndole al Presidente Cárdenas del inglés al español la parte substancial- decía: Informe de la Royal Dutch Shell correspondiente a la asamblea celebrada el 28 de febrero de 1928; a sus accionistas: nuestros negocios en México de la Compañía Mexicana "El Águila" marchan por muy buen camino, pero hemos resuelto crear otra Compañía "El Águila" en Canadá con el objeto de dividir las acciones. Las acciones de "El Águila" valen $ 10.-; vamos a dividirlas en dos partes: unas pasan a valer $ 6.- que van a ser las acciones de "El Águila" de México. No perderán nada los accionistas. Esto lo hacemos para evitar las molestias derivadas del pago de altos impuestos.

Es decir, se adoptaba un procedimiento para reducir las utilidades, dado que en México en el año 26 se estableció un impuesto sobre la renta, los ingresos y las utilidades. Entonces existía el propósito de desviar las utilidades de "El Águila" de México a "El Águila" del Canadá. Con este procedimiento -que también expliqué al Presidente delante del gerente de "El Águila" - puse en descubierto la maniobra. El señor gerente me quiso interrumpir. Ya se había puesto nervioso cuando vio que yo traía la revista financiera... y que sabía inglés, y luego de escuchar mis manifestaciones se puso más nervioso aún. El general Cárdenas le dijo: -"Deje usted que concluya el señor."

También para demostrar que no estábamos equivocados hice notar al señor Presidente que en los últimos tres años "El Águila" de México vendió a "El Águila" del Canadá la gasolina que exportaba, a 1,96 de dólar el barril, mientras "La Huasteca", la compañía norteamericana, había vendido durante ese año a 3,19, en tanto el promedio del precio de la gasolina, según cotizaciones de publicaciones especializadas, en todo el año 1936 había sido de 3,18. De manera que la "Huasteca" vende a 3,19 -precio promedio 3,18- y "El Águila" de México le vende a "El Águila" del Canadá a 1,96; resulta obvio indicar que así las utilidades desaparecían o se reducían considerablemente. Tal entrevista fue sumamente desdichada para los representantes de los patrones.

La campaña continúa contra los peritos; se expresaba así: -De acceder las compañías, ¿quién garantiza que solamente se aumentarán 26 millones de pesos? Yo recuerdo haberme encerrado con representantes para precisar cómo iban a emplearse los 26 millones, aumento que propusimos los técnicos, habiendo llegado a conclusiones satisfactorias y muy aproximadas.

Pasaron las semanas: la situación era tensa en el país y el laudo no venía. Por fin, el 18 de diciembre de 1937 pronuncia la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje su laudo o sentencia. Esta sentencia o laudo aceptó en lo general el informe y el dictamen de los peritos, es decir, condenó a las empresas a aumentar salarios y prestaciones en 26 millones de pesos. Las empresas elevaron la puntería. Empezaron a lanzar sus dardos envenenados al Tribunal del Trabajo, pero sin olvidarse de los peritos, e iniciaron una campaña financiera contra México.

La situación era la siguiente: el tipo de cambio era de 3,60 por un dólar, según lo habíamos establecido en 1932; sabíamos bien -los que sabíamos algo de estas cosas financieras y económicas-, y lo sabían bien las compañías, que ese tipo de cambio ya no lo podíamos sostener. En enero de 1938 sabíamos que no era posible, por lo que a menudo nos sucede: los precios de los artículos elaborados que consumen los países en desarrollo -subdesarrollados- suben más de prisa que las materias primas que venden los países en desarrollo - subdesarrollados - Y entonces el desequilibrio va creciendo más y más. En consecuencia, las empresas sabían muy bien que los 26 millones de pesos de 3,60 serían menos en dólares si, como era inevitable, teníamos que desvalorizar el peso.

Pero las empresas afirmaban en todos los tonos - desde un principio - que no tenían capacidad financiera para hacer el aumento de 26 millones de pesos. La ofensiva financiera consistió en retirar todos sus fondos de los bancos de México; en propalar por todos lados que ya no era posible y resultaba erróneo sostener el tipo de cambio de 3,60. Naturalmente, la situación se fue agravando a cada momento.

Dejaron de lado toda clase de reparaciones en sus refinerías, en los oleoductos, hasta donde era posible, por supuesto. Fueron enviando a los Estados Unidos los carros-tanques para transportar petróleo por ferrocarril, y fueron cuidando que no hubiera barcos de su propiedad en los puertos mexicanos. Pero la situación todavía tenía remedio para ellos: había que acudir a la Suprema Corte de Justicia de la Nación en demanda de revisión del laudo o de la sentencia de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje. Así lo hicieron: acudieron a la Suprema Corte de Justicia de la Nación en demanda revisoria. Así pasó el mes de enero. En el mes de febrero, a su finalización, yo me ocupé de informar a los ministros de la Suprema Corte sobre la situación de la industria petrolera. Varias veces conversé con ellos. El 27 y el 28 de febrero me pidieron que fuera a Washington a informar a nuestro embajador, el doctor Francisco Castillo Nájera, sobre la situación.

Se aproximaba la sentencia definitiva de la Suprema Corte: no sabíamos en qué sentido sería pronunciada, pero era bueno que tuviera todos los antecedentes el jefe de la misión diplomática nuestra en Washington. Allí fui. Informé a nuestro embajador. Después de ello el embajador me dijo: "¿Qué cree usted que va a pasar?". Le dije: "Una intervención temporal. . . " "Yo lo arreglo", me contestó. " . . . o la expropiación", continué yo.

Cuando dije "expropiación" lanzó una interjección muy fuerte, y dijo: ",¡Ay!..." (tal cosa). (Piensen ustedes en lo peor que tengan en su lenguaje.) Eso dijo. "Si expropiamos, hay cañonazos." Eso dijo Castillo Nájera.

El 19 de marzo de 1938 la Suprema Corte de Justicia de México, el máximo tribunal de justicia de la República, ratificó la sentencia de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje. Las empresas petroleras volvieron a decir en todos los tonos que no tenían capacidad financiera. Que no podían obedecer la sentencia del supremo tribunal, es decir, que las empresas petroleras se declararon en rebeldía frente a la autoridad nacional. Los funcionarios de la Standard Oil Company de New. Jersey declararon: "No podemos, no tenemos capacidad financiera".

Ahora le correspondía al gobierno de México dar el próximo paso. El general Cárdenas llamó a los representantes de las empresas, insistiendo para que acataran el fallo. Éstos dijeron al Presidente en una reunión que sería menester conocer quién garantizaba que solamente se aumentarían los salarios y prestaciones en 26 millones. El general Cárdenas les dijo: "Yo. Lo garantiza el Presidente de la República". Uno de los representantes de las empresas sonrió con aire burlón. Cárdenas se puso de pie y dijo: "Señores, hemos concluído".

Por el 10 o 12 de marzo las compañías ofrecieron aumentar salarios y prestaciones en 22.400.000 pesos: la diferencia era insignificante. ¿Por qué insistían en esto? Ellos sabían que podían pagar. No querían sentar el precedente de que un gobierno de un país mediano, de un país débil impusiera normas a esas empresas de poder económico formidable. Los esfuerzos fueron inútiles.

Los trabajadores, ante la negativa de las empresas de acatar la sentencia de la Suprema Corte de Justicia, del Tribunal del Trabajo, el dictamen de los peritos, de nuevo las emplazaron a una huelga que debía estallar el 18 de marzo. El gobierno se encontró con la siguiente situación: por una parte los trabajadores, de acuerdo con la ley, entrarían en huelga el 18 de marzo, con las gravísimas consecuencias de la falta de combustible para el país; y por la otra, las empresas expresando que no tenían capacidad financiera y que no cumplirían el fallo del Supremo Tribunal de la Nación. Tal era la situación en que se hallaba el país el 17 de marzo.

El día 18 empezó la huelga. A las 8 de la noche el general Cárdenas, por radiofonía anunció la expropiación. Si el general Cárdenas no toma una medida enérgica como la que adoptó, no hubiera podido haber gobierno en México, porque hubiera estado a merced de las grandes entidades económicas extranjeras. Al anunciar la expropiación acusó a las compañías de intervenir en la política del país y de realizar actos antisociales. Cuando terminaba Cárdenas su mensaje, llegó un enviado de las empresas manifestando que podían pagar los 26 millones. Era demasiado tarde.

El país todo respaldó al Presidente; el 23 de marzo hubo una gran manifestación popular, todas las fuerzas nacionales, todos los sectores, de derecha, centro, izquierda, de todos los matices, todos apoyando el decreto expropiatorio.

Se había planteado un tremendo desafío. Por un lado esas inmensamente poderosas entidades económicas, las grandes empresas y los grandes monopolios petroleros del mundo. Del otro lado, un pueblo unido con un caudillo; no hay que olvidar su nombre: se llama Lázaro Cárdenas.

III  LA LUCHA DE LAS COMPAÑIAS CONTRA MÉXICO


¿Cuál era la situación del país respecto a la industria de que estamos tratando, cinco días después del decreto expropiatorio, del momento dramático en que el Presidente de la República, general Lázaro Cárdenas, anunció por radiofonía la radical medida que fue preciso tomar?

La situación puede resumirse en pocas palabras: no había en los puertos mexicanos ningún barco tanque; los técnicos norteamericanos e ingleses habían abandonado su trabajo y se disponían a partir del país; la mayor parte de los carros-tanque indispensables para el traslado de los derivados del petróleo por ferrocarril, habían cruzado la frontera de los Estados Unidos porque eran tanques alquilados por las empresas de petróleo; en los bancos no había dinero perteneciente a las compañías, excepción hecha de una suma de 200.000 pesos. De manera que la situación era verdaderamente difícil.

¿Qué hacer para distribuir la gasolina, sobre todo teniendo en cuenta el mapa de México, donde vemos que la zona petrolera está en el golfo? ¿Qué hacer para llevar la gasolina desde allí hasta la otra punta del país, a la península de la Baja California, a los Estados nordoccidentales?

Los altos empleados de las compañías aseguraban que el fracaso de México era inevitable. Algunos de ellos se despidieron de sus amigos, diciéndoles: "Aquí nos veremos dentro de tres semanas". Dejaron sus casas amuebladas porque estaban absolutamente persuadidos de un pronto retorno.

Cuando las dificultades fueron creciendo, las compañías dejaron de hacer reparaciones en los oleoductos y en las refinerías. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué fue lo que hicimos los mexicanos ante tan apurada situación? ¿Cómo íbamos a manejar la industria si nos había quedado un "ejército sin estado mayor"? No había generales, ni coroneles, ni tenientes coroneles, ni mayores; sólo quedaba uno que otro capitán, uno que otro teniente, buen número de sargentos y, simplemente, personal de tropa.

Pues bien, lo que pasó fue positivamente extraordinario. A los sargentos se los hizo generales de división. Hubo casos como el de un repartidor de gasolina, de nafta, que era el dirigente de una de las secciones del sindicato, y a quien se lo designó superintendente de la refinería de Azcapotzalco, que tenía una capacidad de producción de 15.000 barriles diarios. La persona a quien me refiero se apellida Aznar, y realizó su tarea con bastante eficiencia.

¿Qué hicimos en tan apurada situación? Lo que ya apuntamos: hicimos generales a los sargentos, a los tenientes o capitanes. Es decir, tuvimos que hacer algo inaudito: improvisar técnicos. Algunos ingenieros del Departamento de Petróleo de la Secretaría de Economía Nacional fueron a trabajar en la industria del petróleo, y lo hicieron con un enorme entusiasmo, basado en un gran amor al país.

Fue menester reparar oleoductos y refinerías. El pueblo mexicano es un pueblo pobre y es un pueblo que sabe remendar; es un pueblo de remendones -como todos los pueblos que no son inmensamente ricos-, e ingeniándose reparaban esto y aquello; ya que no había repuestos en los almacenes de las compañías, y los primeros intentos para obtenerlos de los Estados Unidos fracasaron en forma rotunda.

¿Y qué hicimos para distribuir la gasolina? Compramos un pequeño barco, un barco viejo de bandera cubana, con capacidad para 6.000 barriles, y le pusimos orgullosamente el nombre del héroe más puro de nuestra historia: lo llamamos "Cuauhtémoc", el joven abuelo, que dijera un poeta.

Los ferrocarriles suplieron la falta de carros tanque trasladando con la mayor velocidad posible el petróleo y la gasolina desde la zona petrolera al resto del país. Y, cosa increíble, no faltó la gasolina,- no faltaron los derivados del petróleo. Fue un momento positivamente heroico, de esfuerzo, de trabajo, de entusiasmo, de amor a la nación.

Las compañías empezaban a desconcertarse y sus altos empleados comenzaron a regresar a México para vender los muebles de sus departamentos e irse definitivamente de nuestro país.

Había un barco de la Compañía Mexicana de Petróleo "El Aguila" en Mobile (Alabama). Procuramos llevarlo a México. El barco se llamaba "San Ricardo" y tenía capacidad para 10.000 barriles. Tuvimos que luchar, porque el barco fue embargado. Pleiteamos con éxito contra la Compañía Mexicana de Petróleo "El Águila" y le ganamos. Nos llevamos el barco a México y le pusimos de nombre "18 de Marzo".

Pero no había que cantar victoria. El consumo del país era entonces relativamente pequeño en relación con la producción y con los almacenamientos, de manera que los tanques de almacenamiento se iban llenando de petróleo y se llenaban más y más cada día, porque no teníamos manera de vender al exterior, pues las compañías iniciaron, desde luego, un cerrado boicot contra México. Las compañías usaron de toda su influencia para que nadie nos vendiera repuestos en parte alguna, y para que nadie nos comprara petróleo.

El problema que se planteaba era extremadamente serio. ¿Qué íbamos a hacer con el petróleo? Fue necesario cerrar las válvulas de los pozos de petróleo hasta donde resultaba prudente, para que disminuyera su producción.

Las compañías iniciaron una campaña periodística positivamente feroz contra México. En todo el mundo hablaron del petróleo robado; hablaron de los bandidos mexicanos; dijeron que no merecíamos formar parte de las naciones civilizadas. En fin, hicieron todo lo humanamente posible para causamos el mayor daño. Por supuesto, se dijo que México era un país comunista: surgió el fantasma del comunismo. El embajador Daniels - en el libro que ya he citado en conferencias anteriores - cuenta que va a Washington de visita en esos días difíciles y un caballero inglés le habla del comunismo mexicano. El señor Daniels le dice: "-Pues yo, en México, no conozco más comunista que a Diego Rivera". "Pero, ¿qué es un comunista?" le pregunta seguidamente Daniels al caballero inglés. Éste se sienta en cómoda butaca; medita, se levanta y ensaya una definición; no le satisface. Se vuelve a sentar, medita nuevamente, se pone un tanto sudoroso, se pone nuevamente de pie y da otra definición. Tampoco es satisfactoria. Y así continúa hasta que, por fin, desesperado, le dice a Daniels: "-Señor, un comunista es cualquier persona que nos choca".

La Standard Oil Company de New Jersey publicó un semanario expresamente para denigrar a México. El semanario se llamó The Lamp. Era una lámpara de ignominia. Al mismo Daniels le parecían repulsivas las caricaturas.

En esa hora tan difícil vendimos petróleo a Holanda, y nos lo embargaron. Lo mismo ocurrió cuando vendimos un cargamento de petróleo a Francia. En definitiva ganamos esos pleitos, pero dificultaron nuestra posibilidad de realizar ventas.

El subsecretario de Hacienda en aquellos días, Eduardo Villaseñor, fue comisionado para tratar de vender nuestro petróleo en Francia. México quería vender su petróleo a las democracias. Villaseñor fue a Francia y entrevistó a distintas personas, pero sin éxito. Habló con el entonces jefe del estado mayor francés, general Gamelin, y le dijo: "Señor, si no vendemos nuestro petróleo a las democracias, tendremos que vendérselo a Alemania, y es posible que mañana ese petróleo sea utilizado para matar franceses". El general Gamelin no hizo caso. Francia nos cerró sus puertas, y lo mismo hizo Inglaterra, esta última, por supuesto, porque su majestad británica era un accionista importante de la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila.

Pero no hay una acción compacta, enteramente dirigida, en la estructura económica de los países de Occidente. El capitalismo presenta siempre con traiciones, y así fue que comenzamos a vender petróleo en los Estados Unidos. Celebramos un primer contrato por 15.000 barriles diarios con la Eastern Petroleum Company, empresa refinadora de Houston, y para surtirla de petróleo alquilamos dos barcos. También la City Service Company, empresa norteamericana con más de mil millones de dólares, necesitaba nuestro petróleo crudo de Panuco, que es el mejor petróleo de- asfalto, pero no se atrevió a enfrentar a la Standard Oil Company de New Jersey, y formó entonces una compañía de paja, que fue constituida con el único objeto de comprarnos petróleo a nosotros. Y nosotros comenzamos a venderle petróleo a esa compañía de paja, con la que celebramos contratos por un millón y medio y por dos millones de barriles.

Penosamente íbamos saliendo a flote. Alemania ofreció comprarnos petróleo, y otro tanto hizo Italia. Y le vendimos petróleo a esas dos naciones, ya que no íbamos a tirarlo al mar. Habíamos hecho todo lo posible por venderle a Inglaterra y a Francia, pero sin éxito. Y lo que le vendíamos a los Estados Unidos no era suficiente para nosotros, por lo menos hasta comienzos del año 39.

Así siguió nuestra lucha. En esa época a que me vengo refiriendo, yo era gerente general de la Distribuidora de Petróleos Mexicanos, que- era la encargada de todo el aspecto comercial y financiero, de modo que mi problema era, precisamente, la venta del petróleo, y con ese motivo fuí a los Estados Unidos en más de una ocasión. Yo hice el contrato con la Eastern Petroleum Company y con la compañía de paja de la City Service Company, a que me he referido. E hice también otro contrato muy importante con la First National Oil Corporation de New York, por veinte millones de barriles de petróleo.

Me dirigí al Departamento de Estado y conversé con el señor Duggan, jefe de la División Latinoamericana. Le dirigí una nota verbal, como se llama en la jerga diplomática, en la cual le hacía esta pregunta: "¿Los Estados Unidos tienen objeciones que hacer a México, si vende petróleo en este país?" La respuesta fue que no había ninguna objeción por parte del gobierno de los Estados Unidos. Esto facilitó más mi tarea para ir rompiendo el boicot establecido por las compañías.

Uno de los graves problemas que teníamos era que no producíamos tetraetilo de plomo. Era necesario hacerlo, y comenzamos la construcción de una planta, que tardó tres años en funcionar con éxito. Creamos luego nuestra escuela de ingenieros petroleros en el Politécnico Nacional y en la Universidad de México. De allí han salido decenas de jóvenes ingenieros petroleros, que son quienes en la actualidad manejan la industria en el aspecto técnico.

Bien, la lucha continuaba sin cesar. Era necesario hacer algo más; era necesario precisar cada vez más la situación de México. A este propósito, para explicar algo que tiene positivo interés, voy a repetir algo que he referido en conferencias anteriores, porque me parece que es fundamental para todos los países de América lo que voy a decir.

Hasta el año 1917 la propiedad del subsuelo se hallaba vinculada a la del suelo. De manera que hasta 1917, si una compañía de petróleo compraba cincuenta, cien o doscientas hectáreas, ejercía en ellas plenamente su derecho de propiedad y podía perforar el número de pozos que creyera necesario. De 1917 a 1939, de acuerdo con la Constitución del 17 - en la que, como ustedes recordarán, se considera que hay una división tajante entre la propiedad superficial y subterránea, y que las riquezas pertenecen a la nación y que son inalienables e imprescriptibles -, se establecía el régimen de concesiones hasta por 50 años para extraer el petróleo. Pero el 27 de diciembre de 1939 se reforma el párrafo sexto del artículo 27 de la Constitución, por iniciativa del general Cárdenas, a la sazón Presidente, estableciéndose en forma precisa, clara e irrefutable que los hidrocarburos, que el petróleo, no pueden estar sujetos a concesiones; que sólo la nación puede explotar el petróleo. Ni siquiera se admiten concesiones a los nacionales, por temor de que éstos las transfieran a extranjeros. Éste es el régimen jurídico actual en México. Sólo la nación, sólo el gobierno federal no gobiernos estatales- puede explotar el petróleo de México. Naturalmente, esto también produjo mala impresión entre las compañías.

Pero, ¿y la deuda petrolera? Porque según el decreto de expropiación, México expropió el petróleo por causas de utilidad pública, y, de acuerdo con la ley de expropiación, debía pagar los bienes de que se había incautado conforme a avalúo y en un plazo que no podía exceder de diez años, y México, desde el primer momento, afirmó que estaba dispuesto a pagar.
El gobierno de los Estados Unidos durante la presidencia de Franklin Delano Roosevelt aceptó como acto legítimo la expropiación de las empresas petroleras, pero considerando que el pago debía ser equitativo y habría de efectuarse pronto.

México insiste en que está dispuesto a pagar. Las compañías no dan ningún paso. Al fin, nombran un negociador, un señor Richberg, quien fracasa rotundamente en su gestión. Las compañías dicen que sus bienes valen dos mil millones de dólares; después hacen una "pequeña baja" y llegan a cuatrocientos cincuenta millones de dólares. Según las propias compañías, ésa era la suma que les debíamos: 450 millones de dólares.

Había tres o cuatro grupos de empresas expropiadas: grandes, medianos y pequeños grupos. Uno, la compañía inglesa -la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila. -; dos, la Huasteca Petroleum Company, perteneciente a la Standard Oil Company de New Jersey; tres, el grupo Sinclair; cuatro, el grupo City Service Company, y algunos más, independientes.

Tuvimos algunas dificultades con el gobierno inglés. En mayo o junio de 1938 el ministro inglés presentó al gobierno de México una nota injuriosa de la expropiación de los bienes de la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila, reclamando una deuda de 170 mil dólares.

El gobierno de México llamó al ministro inglés, por conducto del secretario de relaciones exteriores. Le entregó un cheque por la suma, adeudada y le hizo notar que tampoco Inglaterra pagaba con puntualidad sus deudas. Le entregó sus pasaportes a ese ministro y cerró la legación mexicana en Londres.

En enero de 1940 el secretario de Hacienda de México, el embajador mexicano y yo, por una parte y en representación de nuestro país, y el coronel Hurley y el líder obrero Lewis, por la otra, representando a Sinclair, celebramos unas pláticas iniciales en la embajada de México en Washington, en el mayor secreto. Se comenzó hablando del pago, de los bienes de Sinclair, quien pedía 32 millones de dólares en pago de los bienes de su compañía. No se llegó a ninguna conclusión en esa primera plática. Luego vino una segunda. El ministro de Hacienda y yo nos marchamos a México y el asunto quedó en manos del embajador Castillo Nájera. En el mes de marzo el gobierno de mi país dispuso que yo fuera a Washington para cooperar con nuestro embajador en las negociaciones con Sinclair. Y se iniciaron entonces las negociaciones entre el coronel Hurley, representante de Sinclair, y Castillo Nájera y yo, por parte de México. Comenzó el regateo. Se empezó hablando de 32 millones, luego de 18 millones, 12 millones... íbamos bajando la cifra. No deseo cansarlos comentando esas negociaciones, que fueron sumamente difíciles; sobre todo era necesario mantener al respecto el más absoluto secreto para que no se enteraran los demás... los demás interesados.

A fines de abril, el 29, terminamos las negociaciones. México pagaría a Sinclair ocho millones y medio de dólares, y el pago se efectuaría en petróleo. La cláusula final del convenio que yo redacté, decía: "Esta suma se entrega a la empresa Consolidated Oil Corporation como pago de los bienes expropiados por México en uso de su soberanía". El coronel Hurley objetó la cláusula. Fue de Washington a New York, y nos dijo: "El señor Sinclair no acepta esta cláusula. El señor Sinclair está conforme con el arreglo, pero quiere que se diga que la suma de ocho millones y medio de dólares en petróleo se paga por compra que el gobierno de México hace de los bienes de sus cuatro empresas".

Insistimos en que eso no era posible, y hubo un momento verdaderamente dramático, que es uno de los recuerdos que tengo clavados en la memoria. Un domingo, a las nueve de la mañana, aparece el coronel Hurley y dice: "No se puede llegar a un acuerdo sobre esta base; Sinclair insiste". Estábamos en la biblioteca de la embajada de México en Washington, cuarto piso. "Pues, coronel -le dije-, México no puede ceder". "Consulte con el embajador -me respondió-, porque ésa es la última palabra de Sinclair." Bajé, hablé por teléfono a la casa del embajador, que estaba en el entrepiso. Fuí a verlo; todavía no se había levantado de la cama. Lo pongo al tanto de lo que deseaba Sinclair, y agrego: "Señor embajador, debemos sostener esa cláusula a todo trance, porque es un precedente que implica por parte de una empresa extranjera importante el reconocimiento del derecho de México a expropiar en uso de su soberanía y creo, señor embajador, que debemos tener el valor de fracasar". "Estoy de acuerdo con usted", me respondió Castillo Nájera. Entonces subo y le digo a Hurley: "Amigo, no hay otra solución que la que le he manifestado". Hurley se desespera, se molesta, se va. Vuelve a hablar con Sinclair, y a las doce de la noche éste acepta la cláusula tal como la habíamos redactado.

El 6 de mayo de 1940 yo regreso a mi país, después de haber hecho una declaración a los periodistas en Washington, antes de salir, en la cual dije: "Hemos roto un flanco de la ofensiva de las empresas petroleras contra México. Ahora la victoria es nuestra". Efectivamente, debilitamos la ofensiva.

Los problemas posteriores fueron de índole distinta; sobrevino la guerra europea y, por supuesto, suspendimos nuestras ventas a Europa. Dos barcos petroleros mexicanos fueron torpedeados por submarinos alemanes en el Golfo de México. Por fortuna, se escapó uno de los buques que habíamos comprado con gran esfuerzo. Es un episodio interesante, que voy a referir.

Se compró un barco noruego de 10.000 barriles de capacidad, al que le pusimos el nombre de un campo de petróleo mexicano: "Cerro Azul". Lo mandamos a recibir a Mobile (Alabama). Tenía miedo de que nos lo embargaran, obligándonos a entablar un juicio. Di instrucciones para que a las once de la noche toda la tripulación estuviera en el barco y para que a las dos de la mañana salieran sigilosamente rumbo a México. Así se hizo. Pero los marinos mexicanos se encontraron, con sorpresa, que el barco tenía maquinaria diesel y ellos nunca habían manejado un barco diesel.

Les explicaron cómo pudieron los noruegos, porque el barco era noruego, a través de intérpretes, y echaron a andar los motores del navío y emprendieron rumbo a México. Al dar vuelta la Península de Florida, según me contaron después, empezó a sonar una sirena, y los marinos mexicanos - inexpertos en el manejo de un barco de estas dimensiones y con esta maquinaria - subían y bajaban por las escaleras, tratando de encontrar la causa que provocaba ese ruido. En esos momentos el capitán del barco, señor Mondragón, me puso un radiograma que decía: "Navegando sin novedad hacia Tampico". Y la sirena siguió sonando hasta que el barco atracó en el muelle de Tampico. No sé si alguna vez averiguaron a qué se debió ese ruido infernal.

Posteriormente sobrevino un arreglo más: el arreglo con las compañías norteamericanas. El gobierno de México y el gobierno de los Estados Unidos - eran los comienzos del año 1942 - decidieron designar cada uno un plenipotenciario, cuyas decisiones acatarían. Los Estados Unidos nombraron al señor M. Cooke, un magnífico hombre, y México nombró al ingeniero Manuel J. Zebada. Las negociaciones comenzaron, y terminaron el 17 de abril de 1942. México se comprometió a pagar en cinco años a las compañías norteamericanas - principalmente a la Standard - 24 millones de dólares, en números redondos. La City Service Company y el grupo que representaba se arregló independientemente. Ésta convino aceptar por sus bienes un millón y medio de dólares.

De manera que, ocho millones y medio de dólares a Sinclair, un millón y medio a la City Service, y veinticuatro millones a la Huasteca, hacen un total de treinta y cuatro millones de dólares.

Naturalmente, esto vino a modificar las condiciones de trabajo de la empresa mexicana, y no fue sino hasta el año 1947 que se hizo el arreglo con la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila. México fue demasiado generosa al celebrar ese convenio con el que yo nunca hubiera estado de acuerdo. Quien a fines de 1946 era secretario de Hacienda, y el que habla, que ocupaba la subsecretaría, rechazamos las proposiciones de la Compañía El Águila. Pero vino un nuevo régimen y celebró un convenio sin duda oneroso para nuestro país.

Yo había calculado que los bienes de la Compañía El Águila valían 65 millones de dólares. El convenio celebrado el 29 de agosto de 1947 le reconoció a esa compañía por sus bienes una suma de 81 millones de dólares. Pero eso no fue lo grave, sino que, además, le reconoció intereses a partir de 1938 que elevaron la deuda enormemente: a 130 millones de dólares. Y México ha estado pagando desde entonces, el 15 de septiembre de cada año, 8 millones y medio de dólares. Le faltan cinco años para terminar, pues debemos todavía 43 millones de dólares por la expropiación de los bienes de las empresas petroleras.

En definitiva, los dos mil millones de dólares que primitivamente pidieron las compañías por sus bienes, que luego habían rebajado a cuatrocientos cincuenta millones, se redujeron finalmente a ciento quince millones de dólares, a los que se agregaron muy cerca de cincuenta millones de dólares en concepto de intereses, que, indebidamente, a mi parecer, se acreditaron a El Águila.

México ha demostrado que quería pagar los bienes expropiados, que podía pagar, que ha podido pagar. Ha demostrado que no estábamos fuera de la civilización, que no éramos un grupo de bandidos, de asaltantes y de ladrones.
En esa forma hemos ido ganando batallas contra las empresas de petróleo. Y es que las empresas petroleras sobrestimaron su poder: ¡No sabían que un pueblo unido es invencible!

IV VEINTE AÑOS DESPUÉS DE LA NACIONALIZACIÓN: EXPERIENCIA Y RESULTADOS


Con esta conferencia doy término al primer ciclo de lecciones en la Cátedra de América. Ojalá, como lo apuntara en la primera ocasión, que quienes ocupen en el futuro esta cátedra se hallen animados de un deseo fervoroso por servir a la libertad económica, social y política de los pueblos de la América Latina.

Me parece aconsejable, desde el punto de vista didáctico; hacer brevísimo y apretado resumen de lo tratado en las conferencias anteriores.

Desde el punto de vista jurídico, recordemos que en México, de 1901 a 1917, las compañías que adquirían la propiedad de un terreno eran dueñas, tanto de la parte superficial como de la subterránea. Por lo mismo, no necesitaban concesiones de ninguna especie.

De 1917 a 1939 existe un cambio importante, consistente en considerar que la propiedad del subsuelo pertenece a la Nación y que esa propiedad es inalienable e imprescriptible, y la única manera de explotar las riquezas subterráneas fue durante esos años por medio de concesiones, hasta por cincuenta años.
Y en la tercera etapa, a partir del 27 de diciembre de 1939, merced a una modificación constitucional, sólo el Gobierno Federal puede explotar las riquezas petroleras.

En cuanto a la producción de petróleo, ésta comienza en 1901, va ascendiendo en forma ininterrumpida hasta llegar a 1921 con una producción de 193 millones de barriles. A partir de ese año la producción va trazando una curva descendente tan pronunciada que en 1932, la producción de las compañías petroleras llega apenas a 32 millones de barriles. Comienza un leve ascenso y en 1937, último año en que trabajaron las empresas extranjeras en México, la producción ascendía a 47 millones de barriles.

El tercer aspecto es el que se refiere a las relaciones de las compañías con México. Podemos decir que en ningún caso fueron cordiales. Hay una observación que estimo reviste interés añadir a lo que hemos venido diciendo: desde 1890 se instalaron en México varias compañías mineras norteamericanas e inglesas, y nunca ha habido rozaduras de significación entre las compañías que han explotado el oro, cobre, plomo, zinc, antimonio, mercurio, etc., con el Gobierno Federal. No han sido, por supuesto, unas palomas Blancas, ni unos ángeles o querubines..., pero se han portado con una tolerable decencia. Eso no ocurrió con las compañías petroleras. Recordemos rápidamente unos cuantos hechos. Desde 1914 a 1920 sostuvieron un ejército al mando de un aventurero, Manuel Peláez, para substraer la zona petrolera del control del Gobierno Federal. Se inició en el año 1917 una campaña del Gobierno norteamericano contra México -debido a la presión de las empresas petroleras- por la proclamación de la Constitución que rige al país desde entonces. Y en 1927 hay todo un complot originado por las empresas, un complot para declararle la guerra a México, en el que se hallaron inmiscuidos el Embajador de los Estados Unidos en México, señor Sheffield, y el Secretario de Estado norteamericano, señor Kellog.

Y las discusiones siguen: las Compañías discuten centavo a centavo, tanto los impuestos como los salarios, como las prestaciones a los trabajadores, y estas dificultades culminaron en la expropiación, en 1938.

Y, después, ya lo dijimos en la conferencia anterior: después del 38 la lucha de las empresas contra México es tremenda. Como el Embajador Daniels recuerda en el libro que ya he citado muchas veces, las compañías petroleras pidieron a Wilson en el año 1917/18 -cuando la primera Guerra Mundial- que ocupara la zona petrolera con fuerzas norteamericanas. Ya expresamos cómo de 1938/ 1939 las empresas petroleras querían que el Gobierno norteamericano se apoderara de toda esa enorme zona del Golfo de México.

Las injurias y las calumnias se sucedieron. En ocasiones inventaron cosas peligrosas: por ejemplo, cuando ya las relaciones norteamericanas con el Japón e Italia no eran cordiales, propalaron la falsa noticia de que México había alquilado puertos marítimos a los japoneses y aeródromos a Mussolini. No es hiperbólico afirmar de manera categórica, despacio y en voz alta que las empresas petroleras han sido los peores enemigos de mi patria.

Ahora volvamos a tomar el hilo de estas cuestiones. Es aconsejable dividir los veinte años transcurridos desde la nacionalización del petróleo en México, en dos períodos: el primero, de 1938 a 1946; el segundo, de 1947 al 18 de marzo de 1958.

Los primeros años fueron difíciles por el boicot y la ofensiva de las empresas, por la guerra europea, por la guerra mundial que nos impedía vender petróleo aun a los Estados Unidos de Norteamérica, por lo que ya he dicho antes aquí; un submarino alemán hundió el barco cisterna "Faja de Oro" sin previo aviso, pereciendo todos sus tripulantes, y otro barco, también tanque petrolero. "Potrero del Llano", ambos de gran capacidad. Además, existían veinte compañías, en números redondos, manejadas por distintas Gerencias; todas desde 1938, formaron parte de una sola empresa.

Resulta obvio explicar que ello originó reajustes y dificultades de organización. Debo mencionar ciertas dificultades que se presentaron con los trabajadores: muchos de ellos no entendieron el sentido de la expropiación; no entendieron que se trataba de reivindicar para el país esa riqueza, de dar un paso importante en la libertad económica de la Nación. Muchos de ellos pensaron que era para su propio beneficio y en algunos casos no se condujeron con cordura y representaron un obstáculo para el normal desarrollo de la industria. No obstante todos esos inconvenientes, en una forma modesta se fueron reparando las refinerías y los oleoductos que habían dejado en muy mal estado las Compañías.

Se hicieron en ese primer período nuevas perforaciones de pozos y nuevas exploraciones. En 1942 comenzaron los estudios para utilizar el gas, para ver cómo podíamos aprovecharlo, ya que las Compañías durante 36 o 37 años habían dejado que se perdiera, lo cual significó una pérdida de 150 millones de dólares, cálculo, por supuesto, apenas aproximado.

También en 1942 se construye y se termina la planta de tetraetilo de plomo, que como se sabe sirve para elevar el octanaje de la gasolina. Las Compañías no tenían plantas de tetraetilo y lo importaban de los Estados Unidos. México quiso hacer lo mismo, pero la gran firma norteamericana Dupont se negó rotundamente a damos a este propósito ayuda alguna.

En este primer período se hicieron modestas inversiones. Podemos calcular apenas unos treinta millones de pesos anuales: cinco o seis millones de dólares. Pero en este período se fueron formando los técnicos mexicanos. Fueron saliendo en los años 1944, 1945 Y 1946 los primeros egresados del Instituto Politécnico Nacional y de la Universidad; más del Instituto que de la Universidad. Ingenieros petroleros, jóvenes entusiastas, jóvenes poseídos de un gran amor por su oficio y por su país.
Y estos técnicos, estos jóvenes, fueron resultando superiores a los técnicos ingleses y norteamericanos, que no es verdad que sean superhombres.

Se construyeron nuevas casas para los trabajadores, nuevos edificios escolares; se mejoró el servicio médico para los empleados y obreros en general de la industria. El país se fue desenvolviendo e industrializando. La guerra nos ayudó en nuestro proceso de industrialización, por la circunstancia de que no podíamos comprar nada en Europa, y si bien es cierto que podíamos vender a Estados Unidos todo lo que estuviera a nuestro alcance, los norteamericanos nos vendían sólo parte de lo que habíamos menester, merced a un sistema complicado de prioridades.

En ese período fue cuando se estableció la gran empresa "Altos Hornos de México", para producir lámina de acero y hojalata que el país necesitaba urgentemente para utilizar este último producto en envases de artículos alimenticios. También se estableció una gran fábrica de celulosa, otra destinada a producir cobre electrolítico y una serie de mercancías que antes no habíamos elaborado.

El progreso industrial del país comienza a ser un tanto espectacular. Voy a dar una cifra que refleja en forma muy sencilla cómo habíamos crecido: el consumo de gasolina en México en millones de litros fue en 1938 de 447,5 y en 1945 de 945. Ese consumo, que de todas maneras da idea del desarrollo de una industria, tiene gran significación, pues indica que la industria del transporte se había duplicado durante ese lapso.

En 1943 se obtuvo un empréstito del Eximbank; pudimos obtener un empréstito del Eximbank...-subrayo el hecho intencionalmente-, y ese préstamo -claro que fue apenas de diez millones de dólares- se pudo lograr con hábiles negociaciones y se pagó puntualmente de conformidad con el convenio. Después no hemos recibido ningún otro préstamo exterior.

En 1937, ya lo dijimos, se produjeron 47 millones de barriles de petróleo y en 1957, 91 millones, de manera que ya hemos estado a punto de duplicar la mayor producción lograda por las Compañías en la década del año 30 del presente siglo. En veinte años el consumo total de petróleo crudo y de derivados se ha elevado de 22 millones de barriles a 107 millones, la mayor parte producida por el país. Sólo una pequeña parte se importó por razones geográficas, por lo que explicábamos en otra ocasión: los campos petroleros están en el Golfo de México y había que vender gasolina en el lado opuesto del territorio.

En 1958 se producirán cerca de 100 millones de barriles de petróleo: nos apoyamos en la producción de ocho millones cien mil barriles registrada como promedio en el mes de enero y febrero del presente año. La producción de gasolina aumentó de 8.000 barriles diarios en 1938 a 62.000 barriles. La cifra no está equivocada y voy a repetirla: en 1938 se produjo en México un promedio de 8.000 barriles diarios de gasolina y en 1958, 62.000 barriles, cerca de ocho veces más.

El señor Pratt, un "caballero" norteamericano -no sé si exagero-, jefe de Producción de la Standard Oil Company de New Jersey, declaró que sólo los ingleses y los norteamericanos podían descubrir campos de petróleo. Pues bien, nosotros los mexicanos hemos descubierto en veinte años 96 nuevos campos petroleros.

Y pasamos al importantísimo renglón de las reservas. En 1938 las reservas de petróleo en México eran de 835 millones de barriles: una cifra bastante modesta. Pues bien, se han producido sumas mucho mayores durante los veinte años. En 1958 las reservas de petróleo en México eran de 3.300 millones de barriles, es decir, tres veces más que lo que nos dejaron las empresas de petróleo. En cuanto a los oleoductos, en 1938 había 1500 kilómetros de' oleoductos, algunos en la propia zona petrolera y el oleoducto de Poza Rica a Azcapotzalco, un barrio de la ciudad de México.

Hemos dicho que había 1.500 kilómetros de oleoductos. Pues bien, en marzo de 1958 había 6.700 kilómetros. La industria mexicana ha construido muchos más oleoductos en veinte años que los que las Compañías construyeron durante treinta y .siete. Hemos construido oleoductos de la zona petrolera a una población que se llama Salamanca, donde se ha construido una gran refinería moderna, de las más modernas que existen en el mundo, donde se producen gasolina y lubricantes de la más alta calidad, y de allí han partido nuevos oleoductos a la ciudad de Guadalajara, que es la segunda en importancia en México, con una población de 600.000 habitantes. Se han hecho oleoductos para llevar gas desde la frontera con los Estados Unidos hasta la parte Oriental, hacia la ciudad de Monterrey, y nosotros que éramos importadores de gas para la propia ciudad de Monterrey -ciudad industrial de notoria importancia- actualmente estamos exportando gas a los Estados Unidos.

En 1938 teníamos un barco petrolero que pudimos obtener de las compañías luego de un largo litigio, y en la actualidad tenemos 19 barcos de petróleo. En los veinte años se han hecho inversiones con dinero mexicano -fuera de los diez millones de dólares norteamericanos mencionados- por un total de 6.800 millones de pesos. Debemos advertir que de 1938 a 1948 el tipo de cambio fue de 4,85 por dólar; de 1948 a 1954, de 8,65, y de abril de 1954 a la fecha, de 12,50.

Puede decirse que se han hecho inversiones en promedio aproximadamente' por unos 50 millones de dólares, en el transcurso de los últimos seis o siete años.

Hace mes y medio fue inaugurada por el Presidente de la República la ciudad PEMEX; es una ciudad que se levanta en la selva del Estado de Tabasco, donde se han encontrado grandes yacimientos de gas, pozos de gas notablemente productivos. Se ha levantado una ciudad completa, con todos los servicios modernos. Es una pequeña gran ciudad, en la que se han invertido más de 200 millones de pesos mexicanos.

También se han realizado obras de beneficio social en las zonas petroleras: nuevos caminos, ayuda a los trabajadores para construcción de sus hogares, nuevas escuelas, muchas nuevas escuelas para enseñar a los niños, y se pagan mejores salarios a los obreros. Pongamos un ejemplo concreto: en 1938 había cinco hospitales, nueve consultorios y 70 médicos para atender a los trabajadores petroleros. En 1958, en lugar de cinco, ocho hospitales; 12 clínicas que no existían, y en lugar de nueve consultorios, 123, y un total de 379 médicos.

Además, en 1938 había cinco refinerías, y ahora hay ocho. Una de ellas, la de Azcapotzalco, cercana a la ciudad de México, tenía capacidad para acaparar 15.000 barriles diarios; ahora puede elaborar 100.000 barriles diarios.

¿Cuál es la idea fundamental que sustenta "Petróleos Mexicanos"? La idea fundamental que sustenta es que se trata de una entidad económica que no existe para obtener lucro; es una entidad económica al servicio de la sociedad; es una entidad económica para estimular el desarrollo del país; en otras palabras: .es una empresa al servicio del pueblo mexicano.

¿Qué es lo que se ha ganado con la nacionalización del petróleo?


En primer lugar, ya no exporta México las utilidades que daba el petróleo. Tal circunstancia ha sido buena para nuestra capitalización interna.

En segundo lugar, todo lo que la empresa obtiene de beneficios es para mejorar su producción y para incrementar su acción.

En tercer lugar, ha servido -y esto ha sido una enorme ventaja- para fomentar el progreso industrial del país. El país no hubiera crecido en la forma que lo ha hecho industrialmente, sin la nacionalización del petróleo, porque nuestro petróleo se vende a las industrias, a la agricultura, para mover los tractores, a los precios más bajos del mundo en estos momentos. Debemos también apuntar como otra de las ventajas la mejoría en el nivel de vida -en todos los .sentidos- de los trabajadores.

Y, por último, hemos adquirido una mayor confianza en nosotros mismos.

Ahora sabemos que somos capaces de construir caminos para trepar las montañas en automóvil; sabemos que somos capaces de construir grandes presas y sistemas de riego para domeñar las corrientes bravías de 106 ríos; sabemos que podemos también, con el trabajo del mexicano, aumentar nuestra capacidad de energía eléctrica; sabemos que Moctezuma, el viejo Emperador azteca, estaba equivocado cuando pensaba que los que venían de Oriente eran "hijos del sol"...

Pero de todo lo que vengo diciendo no debe colegirse que la industria petrolera de México ha resuelto todos sus problemas, ni tampoco debe pensarse que no se han cometido errores. Se ha incurrido en errores y existen numerosos problemas.
Uno de esos errores -a mi parecer- lo constituyen en cierta medida los subsidios que la industria petrolera está dando a otras entidades. A los Ferrocarriles Nacionales de México le ha estado vendiendo petróleo para sus locomotoras por debajo de los costos. A una empresa "Guanos y Fertilizantes" 'le ha estado vendiendo petróleo a precios ínfimos.

Lo que voy a agregar ahora es muy discutible. Ha estado vendiendo gasolina a los transportes de la ciudad de México, a los "colectivos" como los llaman ustedes, a toda clase de autobuses de pasajeros y camiones de carga urbana, a precios sumamente reducidos y muy por debajo del costo, a fin de evitar la elevación del precio del transporte dentro de la ciudad.

Entre los grandes problemas que tiene la industria petrolera está el siguiente: el país ha ido desarrollándose más de prisa que el imponente desarrollo de la industria petrolera durante los últimos diez años, como lo reconoce en un documento oficial el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento. El país está creciendo, la industria petrolera está creciendo, pero más de prisa está creciendo el desarrollo agrícola e. industrial de la Nación. De manera que hay que invertir más y más dinero en la industria petrolera; necesitamos hacer un gasoducto de 900 kilómetros desde el Estado de Tabasco a la ciudad de México; hacer llegar petróleo al occidente del país y establecer nuevas refinerías para no tener que importar gasolina norteamericana.

Según cálculos de algunos técnicos, tenemos que invertir en los próximos cuatro o cinco años, cien millones de dólares al año para que "Petróleos Mexicanos" esté en consonancia con el desarrollo general de la economía.

El Director General de "Petróleos Mexicanos" y el Presidente de la República' de México han asegurado, categórica y enfáticamente, que eso se hará con .recursos propios. Es posible hacerlo con esfuerzos, con algunos pequeños sacrificios.

No quiero terminar sin hacer mención a la pregunta que a menudo me han hecho con respecto a la Argentina. Me han dicho: "Y usted, ¿qué aconseja para este país?"

Yo les he dicho y lo digo aquí públicamente, que yo no puedo ni debo dar consejos a este respecto porque el problema de los argentinos debe ser resuelto por los argentinos.

Pero, señoras y señores, nadie me impide que yo exprese mis deseos, deseos sinceros y fervorosos. Mi deseo, anhelo de patriota latinoamericano, es que las riquezas acumuladas por la naturaleza en el subsuelo de esta patria sean para beneficio de los argentinos.

PALABRAS DEL DECANO DE LA FACULTAD DE CIENCIAS ECONÓMICAS, DOCTOR JOSÉ FAUSTINO PUNTURO


Señoras y señores:
Se ha cerrado el primer capítulo de la Cátedra de América. Hemos asistido a un relato vivo de un testimonio igualmente vivo, de lo que ha ocurrido con el problema del petróleo en México.

Ello ha servido, inclusive, para compenetrarnos, en este centro universitario, de la existencia de un recurso pedagógico de indudables efectos: el suspenso.

Yo llamaría al Profesor Silva -Maestro Silva, como lo llaman en México, y lo digo para que se sienta como si lo llamaran en su propia casa- "el campeón del suspenso", porque ha logrado mantener, a través de todo este curso, un interés latente que en cierto modo es una connaturalización del vínculo que llevamos ya dentro de nosotros y que no es otra cosa que el americanismo que nos anima.

La Facultad de Ciencias Económicas no puede ocultar su satisfacción por ese interés renovado. Lo ha visto justamente por lo que se ha manifestado en el aula, por la cantidad interminable de pedidos de copias de las versiones taquigráficas, de entidades interesadas vivamente en contar con sus conceptos, cuando no de entidades representativas de Universidades del interior -Córdoba, Rosario y Tucumán- que han pedido en cierto modo que dilatáramos la estada del Maestro Silva para lograr que en el interior pudiesen contar con una repetición de los conceptos que hemos tenido oportunidad de escuchar.

Sentimos una profunda satisfacción, justificada ampliamente por el interés evidenciado en estas conferencias, de que haya sido México quien rompiese el fuego en la Cátedra de América. La forma en que lo ha hecho, ya lo hemos visto a través de este ciclo.
De allí que para dar por terminado el curso del Maestro Silva, sólo nos cabe decirle que la solidaridad americana acaba de tener una nueva expresión; que la Universidad ha logrado así demostrar cómo se cumple una misión y que nuestra Casa de Estudios, precisamente, ha justificado una vez más su razón de ser.

Maestro Silva, muchas gracias.







[1] Obras

•              Apuntes sobre evolución económica de México (1927)
•              Un estudio del costo de la vida en México (1931)
•              Los salarios y la empresa en México y en algunos otros países (1934)
•              El pensamiento socialista: esquema histórico (1937)
•              Historia y antología del pensamiento económico: Antigüedad y Edad Media (1939)
•              Petróleo mexicano: historia de un problema (1941)
•              Un ensayo sobre la Revolución Mexicana (1946)
•              El pensamiento económico en México (1947)
•              Meditaciones sobre México, ensayo y notas (1953)
•              La crítica social de Don Quijote de la Mancha (1957)
•              El agrarismo mexicano y la reforma agraria (1959)
•              Breve historia de la Revolución Mexicana (1963)
•              Los fundadores del socialismo científico: Marx, Engels, Lenin (1972)

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